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Los riesgos climáticos dejaron de ser solo una preocupación operativa: hoy pesan en los estados financieros, en el acceso al crédito y en las decisiones de inversión. Cuantificar la exposición de cada activo puede respaldar los planes de adaptación y fortalecer el valor de las transmisoras.
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Para quien trabaja en operación y mantenimiento de transmisión, el riesgo climático hace tiempo que dejó de ser un tema del futuro: es el vendaval que derriba una estructura, el incendio que saca la línea de servicio, la inundación que deja incomunicada una subestación. Lo que cambió es que el mismo tema entró con fuerza en la agenda de quienes financian a estas empresas. Según S&P Global, el costo anual del riesgo físico climático para las 1.200 mayores compañías del mundo pasaría de US$ 885 mil millones en la década de 2030 a US$ 1,2 billones en la de 2050, si no se hace nada para adaptar los activos. El sector eléctrico es de los más expuestos: la cuenta promedio proyectada para una gran empresa del rubro en los años 2050 es de US$ 4.600 millones por año.
Estas cifras muestran la magnitud de un desafío que el área de O&M conoce de cerca: el cambio climático ya aumentó, y seguirá aumentando, la frecuencia y la intensidad de los eventos extremos. Durante mucho tiempo, la discusión sobre clima en los negocios giró en torno a la mitigación, es decir, la reducción de emisiones. La realidad del calentamiento global puso en el centro del debate un segundo frente, la adaptación, que ya no puede esperar. Cada empresa necesita entender cómo un clima que está cambiando afecta su negocio y preparar planes de adaptación a los riesgos físicos. La propia S&P Global constató que solo el 35% de las grandes empresas tenía un plan de este tipo a comienzos de 2025; entre las empresas eléctricas, el 58%. Sigue siendo poco, pero muestra que el sector eléctrico lleva la delantera en esta conversación.
Divulgación en los estados financieros
Un inversionista conoce a una empresa por lo que publica, y el documento central son los estados financieros: balance, estado de resultados, flujo de caja y notas, todo auditado y preparado bajo reglas comunes. Durante años, el riesgo climático apareció, cuando aparecía, en otro lugar: el informe de sostenibilidad, aparte, voluntario y difícil de comparar. Los reguladores de los mercados de capitales empezaron a acercar los dos mundos.
El paso más importante vino de la Fundación IFRS, responsable de las normas contables internacionales que ya siguen las empresas que cotizan en bolsa en más de 140 jurisdicciones, Brasil incluido. En 2021 la fundación creó el ISSB (International Sustainability Standards Board), que en junio de 2023 publicó la IFRS S1, con requisitos generales de sostenibilidad, y la IFRS S2, dedicada al clima. La idea central: la información climática debe servir al mismo público que los estados financieros, publicarse al mismo tiempo y ser coherente con las cifras del balance.
La IFRS S2 pide que la empresa explique qué riesgos climáticos afectan su estrategia, cómo los gestiona y con qué métricas sigue el avance. Distingue los riesgos de transición, ligados al camino hacia una economía baja en carbono, de los riesgos físicos, que pueden ser agudos (tormentas, inundaciones, incendios) o crónicos (aumento gradual de la temperatura). Para estos riesgos, la empresa debe describir los efectos financieros actuales y esperados, poner a prueba su resiliencia mediante análisis de escenarios e informar el valor y el porcentaje de los activos vulnerables. Volveremos sobre estos puntos.
La norma rige para ejercicios iniciados a partir de 2024, pero cada país decide si la hace obligatoria. Australia, Japón, Hong Kong, Malasia y Turquía ya lo hicieron, y el Reino Unido va en camino. Los inversionistas globales ya leen informes en este formato y tienden a esperar lo mismo de las empresas brasileñas.
¿Y en Brasil?
Brasil fue el primer país en hacer obligatorias las normas del ISSB (aunque después dio marcha atrás). En octubre de 2023, la CVM, el regulador del mercado de valores de Brasil, publicó la Resolución CVM 193, que establecía el reporte voluntario desde 2024 y obligatorio desde el ejercicio de 2026, con base en las versiones brasileñas de las normas (CBPS 01 y 02). Sin embargo, en mayo de 2026 la Resolución CVM 244 retrocedió: el informe volvió a ser voluntario, bajo el modelo "cumpla o explique". A partir del 1 de enero de 2027, quien no lo publique deberá emitir un comunicado al mercado explicando por qué. Quien sí lo publique asume el compromiso de hacerlo por al menos tres ejercicios, sigue el estándar íntegramente y somete el informe a un encargo de aseguramiento de un auditor independiente.
El retroceso no sacó el riesgo climático del radar del inversionista, porque otras obligaciones siguen vigentes. El Formulario de Referencia, el documento anual en que la empresa listada describe su negocio y sus riesgos, exige describir los factores de riesgo climáticos, físicos y de transición. Las propias normas sobre estados financieros no mencionan "clima", pero exigen que cualquier incertidumbre relevante se refleje en las cifras y en las notas: en la vida útil de los activos expuestos, en las pruebas de deterioro (impairment), en las provisiones y en los seguros. Eso fue lo que la CVM recordó al mercado, tras las inundaciones en Rio Grande do Sul, en el Oficio Circular CVM/SNC/SEP 01/2024. Y, por la Resolución CMN 5.185 (del Consejo Monetario Nacional), los bancos pasan a reportar riesgos climáticos bajo el estándar IFRS S2 y pedirán esta información a quienes tomen crédito con ellos.
A esto se suma la presión sectorial: como vimos en una publicación anterior, ANEEL, el regulador eléctrico de Brasil, ya trata la resiliencia ante eventos extremos como una prioridad regulatoria. El riesgo climático de una transmisora aparece hoy en varios documentos, y se empieza a exigir coherencia entre ellos. Si el Formulario de Referencia dice que el riesgo físico es relevante y las notas no mencionan ningún efecto, es probable que el auditor y el regulador pregunten por qué.
La brecha actual: riesgo detallado y cuantificado
La mayoría de los informes climáticos que se publican hoy son narrativos: describen los eventos que afectan a la empresa, enumeran las acciones de respuesta y declaran que la administración da seguimiento al tema. La IFRS S2 pide algo más difícil. En el párrafo 29(c), exige que la empresa informe el valor y el porcentaje de sus activos vulnerables a riesgos físicos. Para llegar a esa cifra no basta saber que "los vendavales son un riesgo": hay que saber qué estructuras, en qué tramos, están expuestas a qué intensidad de viento, y cuánto valen en el balance. La norma lleva el análisis al nivel de cada activo.
Es la lógica consagrada en la gestión de riesgos, y la que usamos en Resilion: el riesgo es el producto de amenaza, exposición y vulnerabilidad. La amenaza es el fenómeno climático, con su probabilidad e intensidad en cada punto del territorio. La exposición es el conjunto de activos que están en el camino de ese fenómeno y el valor que representan. La vulnerabilidad es cuánto sufre cada activo cuando ocurre: una torre diseñada para cierta velocidad de viento, con cierta antigüedad y estado de conservación, responde de manera distinta a otra.
La norma pide además que ese riesgo se exprese en dinero, hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás, los efectos financieros actuales: lo que el clima ya costó en el ejercicio en reparaciones de emergencia, ingresos perdidos por indisponibilidad y seguros. Hacia adelante, los efectos esperados bajo distintos escenarios climáticos, por lo general las trayectorias del IPCC, y lo que eso cambia en los planes de inversión y mantenimiento. Para el inversionista, cuantificar no es un detalle técnico: es lo que permite comparar empresas y ponerle precio al riesgo.
Pocos han llegado ahí. El regulador contable británico, el FRC, analizó los informes de las eléctricas del Reino Unido y no encontró ninguna que divulgara de forma cuantitativa el porcentaje de activos vulnerables; el propio ISSB sometió a consulta, en marzo de 2026, una métrica específica para el sector eléctrico. En Brasil, los reportes más avanzados describen bien las amenazas y las respuestas operativas, pero todavía sin exposición por activo, sin horizontes acordes con la vida útil de las líneas y sin el puente con las notas a los estados financieros. Es un espacio abierto.
Conclusión
De este panorama se desprenden tres mensajes. El primero es que el costo del clima ya está en los resultados de las empresas, solo que no tiene nombre: la Parcela Variável (el descuento que se aplica al ingreso de la transmisora cuando una instalación queda indisponible), la movilización de emergencia, la reposición de estructuras y la prima de seguros aparecen repartidas en varias líneas de los Estados Financieros. Consolidar esos valores por evento y por tipo de amenaza, y seguir su tendencia, es lo que hace que el tema deje de ser una fatalidad operativa y pase a ser un riesgo financiero gestionado.
El segundo es que la divulgación llegará de todos modos, ya sea por el Formulario de Referencia, por las notas, por las preguntas de los bancos o por el "cumpla o explique" de la IFRS S2 en 2027. La elección no es entre divulgar o no, sino entre hacerlo con cifras o con adjetivos. Para el inversionista, una empresa que no logra cuantificar su exposición es más riesgosa, y el riesgo percibido tiene precio: encarece el crédito, eleva el costo de capital y reduce el valor atribuido al negocio.
El tercero es que la adaptación tiene un retorno demostrable. Con la exposición conocida activo por activo, la inversión en resiliencia deja de ser un pedido genérico de "reforzar la red" y se convierte en una lista priorizada, con el costo evitado estimado para cada intervención, que respalda la decisión interna, la solicitud de reconocimiento regulatorio y la conversación con el mercado. En Resilion creemos que la adaptación al cambio climático es un tema central para las empresas de infraestructura, con impacto directo en su valor y en la continuidad de su actividad. Por eso desarrollamos, y seguimos perfeccionando, metodologías para evaluar estos riesgos de forma sistemática y detallada, al nivel de cada activo individual, como una torre de transmisión. La cifra que indica dónde intervenir primero es la misma que dimensiona el riesgo para la empresa y que el inversionista espera leer. Buena parte de esta información ya existe dentro de las transmisoras; lo que falta es organizarla en el lenguaje de quienes financian el negocio.