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El posible regreso de El Niño en 2026 podría intensificar tormentas, incendios, olas de calor y otros riesgos para las líneas de transmisión. Aquí explicamos cómo seguir el fenómeno y preparar cada activo con inteligencia predictiva.
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En el artículo anterior mapeamos a los villanos que derriban torres y desconectan líneas en Brasil, y vimos que casi la mitad de las caídas de torres y de las desconexiones tiene origen climático. Ahora, un viejo conocido se prepara para volver al escenario y tiene el potencial de amplificar varios de esos riesgos al mismo tiempo: El Niño. Entender el fenómeno, seguir su evolución y calibrar la preparación de los activos es lo que distingue a los operadores reactivos de los resilientes.
Qué es El Niño
El Niño es la fase cálida de un ciclo natural de oscilación del Pacífico ecuatorial conocido como ENOS (El Niño-Oscilación del Sur). Cada dos a siete años, las aguas superficiales del Pacífico central y oriental se calientan por encima del promedio y alteran los patrones de viento, temperatura y lluvia a escala global. Su hermana, La Niña, es lo opuesto: el enfriamiento de esas mismas aguas. Entre ambas hay una fase neutra. No es un fenómeno raro: desde 2014 hemos tenido tres episodios de El Niño (2015-16, 2018-19 y 2023-24), que ocuparon cerca del 22% del período. Es uno de los componentes más predecibles de la variabilidad climática del planeta.
Tras casi dos años bajo La Niña, la NOAA* declaró en abril de 2026 el fin del enfriamiento y activó lo que llama una "vigilancia de El Niño". Las condiciones actuales son neutras, con un 80% de posibilidades de que sigan así hasta junio, pero la probabilidad de que surja un nuevo El Niño entre mayo y julio es del 61%, y se espera que persista al menos hasta fines de 2026. Más inquietante es la ventana de intensidad: entre noviembre de 2026 y enero de 2027 hay posibilidades casi iguales, cerca de una cuarta parte cada una, de que el evento sea moderado, fuerte o muy fuerte; este último caso corresponde al llamado "súper El Niño", con una anomalía superior a 2 °C. Los especialistas piden cautela antes de dar por hecho el peor escenario, ya que la fuerza final depende de vientos ecuatoriales que aún pueden cambiar, pero la alerta está dada.
¿Y en Brasil?
En Brasil, los efectos típicos de El Niño son conocidos y regionales. En el Sur, y en especial en Rio Grande do Sul, aumentan la frecuencia y el volumen de las lluvias, con mayor riesgo de eventos extremos en primavera y verano: fue lo que se vio en 2015-16 y de nuevo en 2023-24. En el Norte y el Nordeste el patrón se invierte: lluvias por debajo del promedio, sequías severas, retraso de la temporada de lluvias y mayor vulnerabilidad a los incendios. En el Centro-Oeste y el Sudeste el efecto es más sutil, pero traicionero: lluvias irregulares, olas de calor prolongadas y baja humedad del aire, una combinación que históricamente dispara el riesgo de incendios.
Para el sector de transmisión, cada uno de estos efectos se traduce en un vector de riesgo ya familiar. En el Sur, más tormentas significan más ráfagas y más descargas atmosféricas, además de ramas lanzadas contra los cables: justamente las causas detrás del 45% de las caídas de torres por clima y del 47% de las desconexiones de origen climático que registra el ONS, el operador del sistema eléctrico brasileño. En el Norte, el Nordeste y el Centro-Oeste, los incendios más frecuentes e intensos alimentan el 28% de las desconexiones causadas por incendios, al ionizar el aire alrededor de las líneas. Y está el efecto indirecto, silencioso y sistémico: las olas de calor elevan la demanda en todo el país y someten a mayor estrés a conductores que ya operan cerca de su límite térmico, además de agravar el impacto de una desconexión. El Niño no inventa riesgos nuevos: intensifica, al mismo tiempo, varios de los que el operador ya conoce.
¿Cómo actuar frente a probabilidades aún inciertas y cambiantes?
La respuesta no está en anticipar el peor escenario ni en ignorar la alerta. Está en calibrar la preparación al riesgo más probable de cada activo, según la región, el historial de mantenimiento y las vulnerabilidades específicas de la línea. Una torre en Rio Grande do Sul con fatiga acumulada exige una inspección distinta a la de una línea en Mato Grosso rodeada de vegetación seca. Seguir de cerca la evolución del ENOS, integrar los pronósticos estacionales a la planificación operativa y combinar sensores IoT, imágenes satelitales e inteligencia predictiva se convierte en el camino hacia la resiliencia. En Resilion creemos que, cuando el escenario es incierto y dinámico, quien ve antes decide mejor, y es esa visibilidad la que mantiene la red energizada incluso cuando el clima cambia.
*NOAA es la sigla de National Oceanic and Atmospheric Administration (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica), una agencia científica y reguladora del gobierno de Estados Unidos, vinculada al Departamento de Comercio.